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MARXISMO ECOLÓGICO: ELEMENTOS FUNDAMENTALES PARA LA CRÍTICA DE LA ECONOMÍA-POLÍTICA-ECÓLOGICA - Damiano Tagliavini e Ignacio Sabbatella

*   Artículo publicado en la Revista Herramienta Nº 47, julio de 2011, Buenos Aires.
** Damiano Tagliavini, Lic. en Ciencia Política (UBA), becario del Instituto Nacional del Agua. Ignacio Sabbatella, Lic. en Ciencia Política (UBA), becario de Conicet, Instituto Gino Germani.

1) Introducción
La crítica situación ecológica global, evidenciada en los procesos de cambio climático, agotamiento de bienes naturales y degradación ambiental, acompañados de crecientes conflictos socio-ambientales, nos sugiere preguntarnos qué relación guarda con los fundamentos del modo de producción y reproducción capitalista.
A través del presente artículo procuramos exponer la relevancia de la teoría marxista para analizar esa crisis ecológica y contribuir a la cimentación de un Marxismo Ecológico (en adelante ME), como una novedosa corriente de pensamiento crítico. A pesar de las experiencias fallidas del denominado “socialismo real” en su relación con la naturaleza y de la propensión del capita¬lismo a internalizar el discurso ambientalista, creemos posible observar una significativa tenden-cia de algunos pensadores marxistas a incorporar la ecología y de buena parte de los movimientos ambientalistas a radicalizar su praxis política hacia posiciones anticapitalistas.
De esta manera, nos proponemos rastrear aportes en la obra de Marx y Engels, analizar las críticas al marxismo que se realizan desde la Economía Ecológica y, finalmente, enumerar algunos pre- cursores del ME, junto a algunos conceptos que ayudan a entender la relación entre capital y naturaleza.
No pretendemos agotar el tema aquí sino apenas realizar una contribución crítica, planteando la pertinencia del debate y sus potencialidades para la investi¬gación científica y la actividad política.

2) Aportes ecológicos en la obra de Marx y Engels
A pesar de los prejuicios vigentes en el ambientalismo, Marx y Engels analizaron en diversos pasajes los vínculos entre el mundo social y el mundo natural. La distinción analítica que proponemos no debe entenderse como conceptos cerrados e independientes, sino más bien como temas vinculados entre sí.
a) Concepción materialista de la naturaleza
Resulta sugerente comenzar con el trabajo de John Bellamy Foster (2004) quien reconstruye una concepción materialista - dialéctica de la naturaleza en la obra de Marx. Arroja luz sobre tres grandes herencias que han sido descuidadas: el filósofo griego antiguo Epicuro, el químico agrícola Justus Von Liebig y Darwin. El primero inspiró una visión materialista de la naturaleza. A partir del segundo construyó una comprensión del desarrollo sostenible. De Darwin adoptó un enfoque co-evolucionista de las relaciones entre los humanos y la naturaleza. Sin detenernos aquí, señalamos que dicha reconstrucción echa por tierra el prejuicio de la producción intelectual de Marx como ajena al mundo natural.
En sus Manuscritos de 1844, Marx esboza una definición del concepto de naturaleza: "La naturaleza es el cuerpo inorgánico del hombre, es decir, la naturaleza en cuanto no es ella misma el cuerpo humano. El hombre vive de la naturaleza; esto quiere decir que la naturaleza es su cuerpo, con el que debe permanecer en un proceso continuo, a fin de no perecer. El hecho de que la vida física y espiritual del hombre depende de la naturaleza no significa otra cosa sino que la naturaleza se relaciona consigo misma, ya que el hombre es una parte de la naturaleza” (Marx, 2004: 112).
En este pasaje se hace evidente que para Marx no existe dico-tomía entre el ser humano y la naturaleza. Esta no es algo externo o un mundo exterior. “El hombre no está en la naturaleza, sino que es naturaleza” (Vedda, 2004: XXIX). La naturaleza le ofrece al hombre su medio de vida inmediato, así como la materia, el objeto y la herramienta de su actividad vital, es decir el trabajo. Esto nos conduce a plantear una continuidad con su obra de madurez, especialmente en El Capital.

LATINOAMÉRICA ANTE LA CRISIS ECOLÓGICA GLOBAL - Ignacio Sabbatella

En este artículo intentaremos exponer brevemente algunos de los desafíos que afronta América Latina en materia ambiental. A tal fin, comenzaremos analizando los factores estructurales de la crisis ecológica global. Luego, expondremos lo que hemos denominado desigualdades ambientales, las formas que asume y los conflictos que puede albergar. En último lugar, haremos referencia al comportamiento y a las estrategias políticas que los gobiernos latinoamericanos llevan y pueden llevar a cabo.

1) Capital vs. Naturaleza

La humanidad enfrenta una crisis ecológica de gran magnitud y con tendencia a agravarse. Sus manifestaciones pueden agruparse en dos grandes problemas, íntimamente relacionados. En primer lugar, la degradación ambiental, la cual envuelve la contaminación del aire, de los cursos de agua (superficiales y subterráneos) y del suelo. El denominado cambio climático se ha vuelto su cara más visible hoy en día. Y en segundo lugar, el progresivo agotamiento de bienes naturales, esenciales para la vida humana: agua dulce, minerales, tierra fértil, fuentes de energía. Las estadísticas de la World Wide Fund For Nature (WWF) indican que la demanda mundial sobre los recursos biológicos del planeta supera en un 30% la capacidad de regeneración de la naturaleza.
Es posible ubicar temporalmente la acelerada degradación ecológica en las últimas cuatro décadas, período que coincide con la implementación de las políticas neoliberales. Adjudicar la responsabilidad a la acción del hombre de modo abstracto, como suele hacerse en análisis ligeros o intencionados, oculta la forma histórica en la cual está inserta esa acción. Tampoco nos conforma adjudicarla en el conjunto de ideas propias de la Modernidad, es decir, la fe en el progreso indefinido de las fuerzas materiales. No nos dice nada acerca de cuál es la forma en la que el hombre se apropia de la naturaleza en un momento determinado dado el régimen de producción y reproducción material dominante.
Es necesario rediscutir los fundamentos del sistema capitalista para comprender los problemas ecológicos. Entender no sólo la relación contradictoria capital-trabajo sino también la contradicción capital-naturaleza: la capacidad proveedora y receptora de la naturaleza es limitada y por lo tanto, incompatible con la acumulación ilimitada de capital.
Dada la estructura atomizada y anárquica del capitalismo, la forma predominante en la cual el hombre se vincula con la naturaleza es a través de la apropiación privada y la mercantilización. El hombre se encuentra alienado respecto al mundo natural y el capital fetichiza la naturaleza.
El Estado aparece mediando entre el capital y la naturaleza, regulando su acceso y su explotación. Sin embargo, las políticas de privatización de empresas públicas, desregulación de los mercados y apertura económica del neoliberalismo desarmaron los mecanismos estatales que resguardaban en gran medida la naturaleza. El capital aceleró, por ende, su dominio sobre el mundo natural en función de la producción de plusvalor. Es un proceso simultáneamente extensivo e intensivo. Extensivo porque el capital se va adueñando de cada porción de la naturaleza, ampliando las fronteras de extracción como continuidad de la acumulación originaria. E intensivo porque cada vez precisa una mayor cantidad de bienes naturales y un mayor sometimiento de las fuerzas naturales.
Asimismo, podemos observar que el debilitamiento de las regulaciones estatales también acelera los procesos de contaminación ya que deja librado a los capitales individuales a deshacerse de desechos sólidos, líquidos y gaseosos sin tratamiento alguno. La lógica de la maximización de ganancias señala que el cuidado del medioambiente no entra en los gastos productivos del capital.

2) Desigualdades ambientales

Habiendo analizado las características específicas del modo de producción capitalista en lo que hace a su relación con la naturaleza, ahora veremos cuáles son sus impactos sociopolíticos. Así como estamos acostumbrados a hablar de desigualdad social o económica, consideramos pertinente introducir el concepto desigualdad ambiental para dar cuenta de las relaciones de poder que se reproducen también en el ámbito ecológico.
Existen dos formas en las que se manifiesta la desigualdad ambiental: la desigualdad en el acceso a y control de los bienes naturales y la desigualdad en el acceso a un ambiente sano. La primera forma se refiere a las asimetrías de poder existentes para disponer, aprovechar, utilizar bienes esenciales para la vida, tales como agua, tierra y energía. La segunda forma está relacionada con la protección del medioambiente y con las asimetrías de poder en la distribución de la degradación ambiental derivada de actividades productivas.
En el caso de la actividad extractiva de la minería y de los hidrocarburos se conjugan ambas formas de desigualdad, ya que en todo el mundo son apropiadas por poderosos capitales transnacionales en detrimento del acceso de poblaciones locales, que además sufren desplazamientos territoriales, y se realiza con bajos costos económicos y altísimos costos ecológicos, dada la utilización de grandes cantidades de agua, contaminación con químicos, quema de gases, etc. También resultan peligrosas estas actividades en su transporte, sea por la rotura de mineraloductos, oleoductos y gasoductos o las pérdidas en barcos petroleros.
La persistencia o la magnitud de las desigualdades ambientales son generalmente condición de posibilidad de conflictos socioambientales: se trata de disputas por la apropiación y/o mantenimiento de los bienes naturales y por el acceso a un ambiente sano o por la protección del medioambiente, a escala local, nacional o internacional. Al mismo tiempo atraviesan distintos tipos de desigualdad social que generan nuevos conflictos o disputas en viejas relaciones desiguales, como el clásico intercambio desigual entre los países del “Norte” y los países del “Sur”. En los primeros se ubican los grandes centros de demanda, consumo y contaminación, mientras que los países más pobres quedan relegados a meros proveedores de bienes naturales. Un dato que ilustra: el 80% de las emisiones de gases de efecto invernadero que producen el cambio climático pertenecen al 20% de la población mundial, concentrada en EEUU, Europa y Japón.
Se reedita la división internacional del trabajo, donde las regiones con grandes riquezas naturales que escasean en otras partes del mundo se tornan apetecibles para la apropiación capitalista. Las riquezas de América Latina la convierten nuevamente en un proveedor de materias primas, alimentos y energía para las economías industrializadas. A su vez, los países más ricos intentan trasladar el costo ambiental de las industrias más sucias. El ejemplo más cercano son las plantas de celulosa, siendo la pastera UPM (ex Botnia) la que generó más conflictos y cobró mayor notoriedad.
Dentro del ámbito nacional, también existen desigualdades ambientales que se superponen con desigualdades de otro tipo. En condiciones normales de acumulación, la apropiación capitalista restringe progresivamente el acceso a los bienes naturales y genera una distribución de los efectos de la degradación ambiental en mayor medida sobre pobres, negros, indígenas, campesinos, etc. En tiempos de crisis, sea económica o ecológica, la brecha de la desigualdad ambiental también se agranda porque el capital está dispuesto a salvar su propio pellejo a cualquier precio, transfiriendo los costos hacia otros sectores sociales.

3) Del extractivismo al neoextractivismo

En el contexto de las desigualdades analizadas, América Latina tiene por delante un desafío enorme en materia ambiental. A pesar de los cambios políticos profundos suscitados en la región en la última década, los gobiernos progresistas no han podido desembarazarse del rol asignado en la división internacional del trabajo y en algunos casos lo han profundizado.
Países como Venezuela y Bolivia han tenido un destacable rol a nivel internacional como sucedió en Copenhague en diciembre pasado, responsabilizando al mismo sistema capitalista en relación al cambio climático. Asimismo, cabe enfatizar la importancia de la Conferencia Mundial de los Pueblos sobre Cambio Climático impulsada por el presidente boliviano Evo Morales y que tuvo lugar en Cochabamba en abril último.
Sin embargo, son numerosas las tareas pendientes en el marco interno. Si en la etapa neoliberal predominó una política extractivista con respecto a la naturaleza, la última década es caracterizada por el investigador uruguayo Eduardo Gudynas bajo el rótulo de neoxtractivismo.
El término extractivismo se refiere al predominio de actividades económicas basadas en la remoción de grandes volúmenes de bienes naturales, que no son industrializados o se lo hace limitadamente, con el objetivo prioritario de destinarlos a los mercados internacionales. En la historia de América Latina no resulta una novedad ya que podríamos remontarnos a los inicios de la colonia misma. Pero sí es interesante observar cómo las políticas neoliberales de la década de los noventa profundizaron el perfil primario exportador de las economías latinoamericanas a partir de una legislación favorable a capitales transnacionales.
A pesar de una retórica crítica del neoliberalismo, en las políticas de los gobiernos progresistas persisten buena parte de los componentes de aquel extractivismo combinados con nuevas características. El neoextractivismo promueve un estilo de desarrollo basado en la explotación intensiva y extensiva de la naturaleza, que alimenta un entramado productivo escasamente diversificado y muy dependiente de la inserción internacional como proveedores de bienes naturales. Los altos precios internacionales redoblan las exportaciones petrolera, minera y de monocultivos. El componente más novedoso es que el Estado adquiere un rol más activo en esos sectores, buscando fundamentalmente la captación de una mayor renta que le permita una redistribución de ingresos a través de políticas sociales. En muchos casos, los gobiernos logran una legitimación importante hacia el conjunto de la población pero se avizora como una política con límites muy definidos. Además de los impactos negativos sobre la naturaleza, se agrandan las desigualdades ambientales en las regiones donde abundan riquezas. No casualmente sino causalmente, se multiplican los conflictos ambientales donde es común encontrar poblaciones locales, campesinas e indígenas enfrentadas a transnacionales petroleras y mineras o resistiendo el desplazamiento que imponen los monocultivos.
Difícilmente los gobiernos latinoamericanos cambien el rumbo en el corto plazo y todo hace suponer que las tensiones sociales seguirán presentes en los próximos años. Si bien Gudynas nota las diferencias entre países de acuerdo al tipo de intervención del Estado y al desenvolvimiento de las economías extractivas, creemos necesario enfatizar aún más estas diferencias.
En algunos casos se mantiene el control privado de aquellos sectores, como claramente podemos notarlo en Argentina. La explotación de hidrocarburos sigue en manos del capital a pesar de la brusca caída de reservas y la crisis energética que acecha la economía desde hace unos años. Los megaemprendimientos de minería a cielo abierto se multiplican por decenas pese a las consecuencias negativas para el medioambiente y la salud de las poblaciones aledañas. La soja transgénica sigue ampliando su frontera, a costa de poner en riesgo la soberanía alimentaria nacional y a costa de la contaminación con agroquímicos.
Por otro lado, hay países que avanzan en el control estatal de las economías extractivas, como es el caso de Venezuela. A través de una profunda reforma en la legislación y la renegociación de contratos, el Estado logró alzarse con el control mayoritario de los pozos petroleros. Ciertamente los impactos ambientales de la explotación de hidrocarburos no desaparecen simplemente por un cambio en la forma que se asume el control. Pero sí nos interesa destacar el control estatal como un paso necesario para, posteriormente, avanzar hacia el control social de la actividad y sus impactos.
La transformación política y social es condición ineludible hacia la planificación democrática de la explotación de los bienes naturales y del cuidado del medioambiente. Ello requiere también una transformación cultural que estimule una democracia cada vez más participativa. Finalmente, aún con buenas intenciones, la transición a una sociedad ecológica es una utopía si no se cuestionan y trastocan los fundamentos de la producción y reproducción capitalista.
Publicado en el segundo número de la revista Voces en el Fénix: www.vocesenelfenix.com

MÁS ALLÁ DE LA CRISIS ECONÓMICA: SUBSUNCIÓN REAL DE LA NATURALEZA AL CAPITAL Y CRISIS ECOLÓGICA - Ignacio Sabbatella

Publicado en la Revista Iconos, Flacso Ecuador, Nº 36, enero 2010

Resumen

El presente artículo pretende indagar la crisis ecológica como una crisis estructural del modo de producción y reproducción capitalista, al mismo tiempo que propone líneas de reflexión para entender el modo en el cual se conjuga con las crisis económicas. A tal fin, se esgrimen las categorías que brinda el marxismo en su vertiente ecológica, no sólo para entender el surgimiento de la crisis de sobreproducción sino también de la crisis de subproducción. Asimismo, se plantea la incorporación del concepto de subsunción real de la naturaleza al capital con el objetivo de caracterizar el proceso creciente de apropiación capitalista del entorno natural y a la creación de una segunda naturaleza. Por último, se sugiere como corolario de la crisis ecológica el aumento de la desigualdad ambiental y, por ende, el incremento de la conflictividad ambiental.

Crisis económica – crisis ecológica - subproducción - subsunción real de la naturaleza al capital – desigualdad ambiental – conflicto ambiental


1. Introducción

Recesión, desocupación, baja de salarios. Degradación ambiental y agotamiento de bienes naturales[1]. Crisis económica y crisis ecológica. Cómo nunca antes en la historia de la humanidad se han conjugado estos dos tipos de crisis. La crisis económica capitalista no es una novedad en sí misma en su continuado ciclo de expansión – contracción, aunque sí su magnitud. Lo que resulta verdaderamente novedoso desde hace unas décadas es la experimentación de una crisis ecológica que llegó para quedarse y que año tras año se profundiza. Sin embargo, sus causas no suelen ser atribuidas al funcionamiento del sistema capitalista.
Durante la primera mitad de 2008 la crisis ecológica se tradujo en la subida exponencial de los precios del petróleo y de los alimentos. La cotización internacional del barril del petróleo traspasó los 100 dólares y alcanzó un máximo histórico de 147 dólares en el mes de julio. En tanto que la denominada crisis alimentaria agravó la situación mundial del hambre. La Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) señala que “en el primer semestre de 2008 los precios internacionales en dólares de los cereales habían alcanzado sus niveles más altos en casi 30 años (...) Los precios de los alimentos eran un 40 % superiores a los valores de 2007 y un 76 % respecto a los de 2006 (...) la escalada de los precios de los alimentos empujó a unos 115 millones de personas al hambre crónica durante 2007 y 2008, lo cual significa que hoy en día viven en el mundo mil millones de personas hambrientas (FAO, 2009: 6).
Con todo, lejos de cuestionar la lógica mercantil subyacente, las recomendaciones que brindó la Conferencia de Alto Nivel sobre la Seguridad Alimentaria Mundial organizada por la FAO en Roma apuntaron al incremento de la productividad y de la producción. De modo que se instó a la comunidad internacional a que “intensifique la inversión en ciencia y tecnología para la alimentación y la agricultura” y “a continuar sus esfuerzos por liberalizar el comercio agrícola internacional reduciendo las barreras comerciales y las políticas que distorsionan los mercados” (FAO, 2008: 3). Mayor aplicación científica y tecnológica sobre la naturaleza y más mercado: las recetas propuestas no difieren de las causas de la enfermedad.
Al mismo tiempo, los efectos del cambio climático se hacen sentir con el aumento del calentamiento global, acompañado de fuertes sequías e inundaciones. Según la organización Global Humanitarian Forum para el año 2030 se espera que la vida de 660 millones de personas esté gravemente afectada, ya sea por desastres naturales causados por el cambio climático o por la degradación progresiva del medio ambiente (Global Humanitarian Forum, 2009: 12). A pesar de la creciente preocupación de las potencias mundiales por el cambio climático, no han hecho más que crear los derechos de emisión de CO2 a partir del Protocolo de Kyoto, generando una suerte de privatización de la atmósfera. En la actualidad el comercio de los créditos de carbono ascendió a 126.000 millones de dólares en 2008 y se espera que llegue a los 3,1 billones en 2020 (Friends of the Earth, 2009: 4).
Como si fuera poco, la crisis ecológica se evidencia también en el acelerado consumo de los bienes que provee la naturaleza. El informe Planeta Vivo de 2008 de la World Wide Fund For Nature (WWF) indica que en los últimos 35 años se ha perdido casi un tercio de la vida silvestre de nuestro planeta. Aún más impactante resulta el índice de huella ecológica, elaborado por la WWF, que mide la demanda de la población mundial sobre los recursos biológicos del planeta[2]. La demanda de la humanidad en 1961 era la mitad de la biocapacidad mundial, mientras que en 2005 la demanda excedía en casi un 30% esa capacidad. Es decir, que la huella ecológica aumentó más del doble en las últimas cuatro décadas y los pronósticos son menos alentadores ya que a mediados de la década de 2030 la demanda equivaldrá a la capacidad biológica de dos planetas Tierra (WWF, 2008: 2). La WWF atribuye los datos al crecimiento de la población mundial y de los niveles de consumo pero sólo explican una parte del problema y adopta una posición cercana al neo-malthusianismo.
La problemática ecológica envuelve aspectos económicos, sociales, culturales y políticos, de manera que requiere una visión totalizadora. Hoy, más que nunca, quedan expuestos los fundamentos del funcionamiento del modo de producción y reproducción capitalista como factores desencadenantes tanto de la crisis económica como de la crisis ecológica.
Para cuestionar estos fundamentos se hace necesario recuperar la crítica de las formas fetichizadas de la economía política que brindara la teoría marxista pero ahora enriquecida con los aportes del marxismo ecológico. No basta con el análisis de la relación capital – trabajo sino que se vuelve imprescindible incorporar una nueva mirada de la relación entre el hombre y la naturaleza y específicamente el modo en que el régimen capitalista de producción se apropia de su entorno natural.
Esta apropiación será entendida en términos de la subsunción real de la naturaleza al capital. Asimismo, evaluaremos de qué manera reaparece históricamente para el marxismo ecológico la crisis de subproducción unida a la crisis de sobreproducción característica del capitalismo. Por último, dejaremos algunas reflexiones en relación a las desigualdades ambientales y a los conflictos ambientales como consecuencias ineludibles de este sistema y sus crisis.

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PETRÓLEO, GAS Y CRISIS ENERGÉTICA EN ARGENTINA (2003-2007): ALGUNOS APORTES DESDE EL MARXISMO ECOLÓGICO - Ignacio Sabbatella

1. Introducción

Fuente de codicia, guerra, poder y dinero[2] para muchos y sospechoso principal del cambio climático para otros, el petróleo, junto a su socio, el gas, tiene un papel fundamental en el sistema capitalista mundial. Durante 2008 la economía global tembló al compás del aumento sideral de la cotización internacional del barril del petróleo que traspasó los 100 dólares y alcanzó un máximo histórico de 147 dólares en el mes de julio. En la segunda parte del año, el advenimiento de la recesión hizo caer bruscamente su precio y en la actualidad se mantiene cercano a los 80 dólares[3]. Entre los factores coyunturales que explican el alza del precio internacional deberíamos considerar la debilidad del dólar, unido a la fuerte presencia de factores especulativos, y el rápido crecimiento de la demanda de las potencias emergentes, como China e India. Sin embargo, existe un factor subyacente, enraizado en los engranajes de la maquinaria de la producción y reproducción capitalista: la incertidumbre que genera el abastecimiento futuro. La necesidad de apropiarse de fuentes seguras de petróleo llevó a EEUU durante la administración de George W. Bush a invadir Afganistán e Irak, bajo el pretexto de la amenaza terrorista tras el atentado a las Torres Gemelas en 2001, y a poner la mira sobre otros países con abundantes reservas, tales como Venezuela.
Hasta aquí, quedan brevemente expuestas las dimensiones económica y política del petróleo y del gas. Pero nos interesa también incorporar el factor ecológico para entender a estos elementos en su totalidad. La historia del capital, signada por contradicciones, en este terreno tampoco puede escapar a su propia lógica. Desde la tradicional óptica del marxismo la relación antagónica entre capital-trabajo se constituyó en el motor no sólo de la lucha sino también del desarrollo teórico-intelectual. Aquí nos proponemos, en cambio, adoptar una mirada más amplia a partir de los postulados del marxismo ecológico para esclarecer la segunda contradicción fundamental: la relación capital-naturaleza. De esta manera, podremos conceptualizar los límites físico-naturales que se anteponen a la lógica expansiva del capital y de qué manera socava sus propias condiciones de producción y genera por sí misma una tendencia a la crisis de subproducción.
En el presente trabajo nos proponemos una aproximación hacia la experiencia privatizadora de los hidrocarburos en Argentina desde esta óptica. Nos motiva sumar algunos aportes para dilucidar la lógica de apropiación del capital y el rol del Estado en la actividad petrolera y gasífera. Escogemos como período de análisis la presidencia de Néstor Kirchner, entre los años 2003 y 2007, dado que el mismo estuvo enmarcado en la denominada “crisis energética”.
De modo que comenzaremos nuestra exposición analizando empírica y teóricamente la importancia de los combustibles fósiles en el desarrollo y expansión del capitalismo a escala planetaria. Luego, nos abocaremos al análisis de la crisis energética argentina a partir de la incidencia del petróleo y del gas, planteando un escenario donde se interrelacionan el Estado, el capital y la naturaleza. Desde allí, haremos un primer acercamiento al concepto de crisis de subproducción.

CAPITAL Y NATURALEZA: CRISIS, DESIGUALDAD Y CONFLICTOS ECOLOGICOS Ignacio Sabbatella

1. Introducción

¿Es posible hablar de ecología en una Jornada de Economía Política? ¿Tiene sentido ampliar el horizonte de las tendencias del capitalismo mundial para avizorar los nuevos problemas ecológicos? ¿Es procedente desplegar una teoría marxista ecológica para tratar estos problemas?
La respuesta que conduce este trabajo es necesariamente afirmativa. La problemática ambiental pocas veces tiene lugar en las ciencias sociales y menos aún en el ámbito académico argentino. Sin embargo, es el propio funcionamiento del modo de producción y reproducción capitalista el que la torna un tema de acuciante interés.
Con mayor asiduidad, se alzan voces sobre una “crisis ecológica global” por parte de expertos y empresas periodísticas que describen las consecuencias del cambio climático. Sus causas son atribuidas abstractamente a la humanidad, a la acción del hombre, a la civilización industrial, etc. Aquí confrontaremos esta perspectiva desde el herramental teórico del marxismo ecológico y de la ecología política. Nos seduce la posibilidad de enriquecer la vasta tradición marxista con una nueva mirada de la relación entre el hombre y la naturaleza y específicamente el modo en que el régimen capitalista de producción se apropia de su entorno natural. De esta forma, podremos develar las desigualdades subyacentes en las responsabilidades y efectos de esta crisis. La tendencia hacia una crisis ecológica no sólo se evidencia en la contaminación ambiental sino también en los problemas de aprovisionamiento de bienes naturales[2], debido a su agotamiento y/o encarecimiento. Entre los bienes naturales enumeramos agua, tierra, minerales, bosques nativos, biodiversidad y fuentes de energía (fósiles, eólica, hidroeléctrica, solar, etc). Además de contribuir a una conceptualización crítica desde el marxismo ecológico, buscamos en este trabajo hacer un aporte al análisis de la desigualdad ambiental como otra forma de desigualdad social, constituida a su vez por dos grandes variantes: la desigualdad en el acceso a un medioambiente sano y la desigualdad en el acceso y control de los bienes naturales. Asimismo, observaremos que el corolario de la desigualdad ambiental es el surgimiento de los conflictos socioambientales o los conflictos ecológico - distributivos, como los denomina Martínez Allier (2005).
Es decir que necesariamente debemos abordar la problemática ecológica integrando las esferas económica, social, cultural y política. Por tanto, el punto 2 del presente trabajo estará dedicado a discutir las causas estructurales de la problemática ambiental, rastreando los fundamentos del modo de producción capitalista y su relación con la naturaleza desde la óptica del marxismo ecológico.
De manera complementaria, abordaremos la desigualdad ambiental desde otros bagajes teóricos, como en el apartado 3.1 con la forma que adopta la desigualdad Norte-Sur.
Entendemos aquí a las desigualdades ambientales como una forma más de desigualdad social, así como existen desigualdades de clase, raza, género, etc. Aquí nos encontraremos con una primer dificultad: la imposibilidad de definir a las desigualdades ambientales como un compartimiento hermético al interior de las ciencias sociales. Como veremos en la sección 3.2, se entrecruza y moldea recíprocamente con otras desigualdades sociales. Es entonces cuando nos aproximaremos a las definiciones de ecologismo de los pobres, racismo ambiental y ecofeminismo.
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